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23 de noviembre de 2014

De mis paisanos III


Cada vez que se recibe noticias sobre la pérdida de una persona que conociste, se hace un vacío inmenso en tu ser y recién reflexionas seriamente sobre la muerte y sobre el paso que es tu existencia en esta vida.

Hace unos días me llamó al teléfono el amigo Horacio (Fernando Ruiz) para darme la noticia de la infausta partida de nuestro querido amigo Roberto Martínez Casanova (K'ala Martínez) en un accidente aproximadamente un mes atrás.

En recuerdo del malogrado amigo quiero hacerles llegar este sencillo relato de una aventura que pasamos algunos amigos del barrio, donde precisamente estaba Roberto.

No recuerdo de quien habría sido la idea, pero a mi me pareció muy buena, solo teníamos que pagar un monto para la gasolina y cada uno podía llevar su dinero como viera conveniente, eso sí, todos pagaríamos de forma equitativa, así acordamos aquella noche y quedamos en vernos en el viejo molle de la orilla a las cinco de la mañana para partir. Con puntualidad inusitada partimos rumbo a Camargo, el destino que nos habíamos fijado con el único fin de tomarnos unos genuinos singanis en la afamada tierra del apetecido "El Rancho", un singani que en esos días era lo máximo en calidad.

Los primeros rayos del sol nos dieron al finalizar la pampa de Mochará, las dos motocicletas raudamente iban a buena velocidad, por delante la Jawa 350, en ella el Karkancho Prado, el Horacio Ruiz y el Luque René Romero, a pocos metros detrás el K'ala Martínez, el Chato Colón y el Jefe Gonzalo Cornejo en la CZ-350, sin ningún inconveniente llegamos a la orilla del río Cotagaita, pero aquel estaba bravo y por entonces no existía puente alguno, de repente vimos venir una pala mecánica del Servicio de Caminos, se trataba de paisanos, subimos las motos a la tolva y nosotros nos prendimos como pudimos al gigante y poderoso motorizado.

Luego de desayunar un café de palqui con los sabrosos panes de "mujer" y de proveernos de un traguito recomendado, continuamos el viaje por la pampa del Parinolque, una extensa meseta llena de churquis donde vimos toros que hacían ademanes de atacar a las motos en movimiento, se podía apreciar un paisaje majestuoso de la tierra chicheña, con su guardián al poniente, el mítico Chorolque con sus nieves perpetúas en un azul cielo inmenso.

Bajamos por una pendiente zigzagueante y peligrosa hasta llegar a Palca Higueras, el mismo río de la mañana ya mermado, lo pasamos cargando las motos en dos palos de molle bien atados con unas correas de caucho, el sonido de las aguas del otro río cercano asustaba, era el río Tumusla, imponente y más aun por el eco en aquel estrecho valle donde el calor se dejaba notar a medida que avanzamos por la ladera derecha del río, íbamos preguntando a los ocasionales transeúntes como se llamaba el lugar, recuerdo aun algunos como: Tunas Ph'ujru, Lintaqui, Pampa Grande.

 Llegamos a encontrarnos con la familia Tavera, no recuerdo el nombre de aquellos muchachos que estudiaban en Tupiza, las hermanas lo propio, una se llamaba Rosa y la otra Rebeca. Allí comimos y que casualidad, ja, ja, ja, estaban destilando un buen singani, no podíamos dejar pasar tan mejorable momento así que nos detuvimos para probar lo recién hechito, ja, ja, ja... ya por la tarde continuamos el trayecto de extraordinaria belleza, cañones elevados y de variada policromía, viñedos abrazados a los molles, tunales y el aroma fuerte de los membrillos y lujmas. Giramos a la izquierda del trayecto a través de un puente donde un enorme letrero con una flecha rezaba: CAMARGO.

En la nueva carretera muy transitada, nos cruzamos con varios camiones, camionetas y hasta un otro moticiclista que levantando la mano nos saludó, vimos la famosa bodega de el RANCHO, una casona colonial suspendida en una especie de colina al oriente de la vía, en pocos minutos un otro anuncio de Singani San Pedro nos daba la bienvenida.

 Ahí, en la hermosa Camargo similar a la tierra nuestra con sus rojizos cerros térreos, nuestra presencia no pasó indiferente a más de un camargueño, nuestras pintas eran muy llamativas: El Karcancho con su atuendo de Jeans, unas botas y el quepí al estilo militar, con la barba de unos cuantos días. El más llamativo el Horacio, portaba una barba crecida que le llegaba hasta el esternón, la melena crecida y el pecho descubierto. El Luque con unas botas tejanas, con la mochila en la espalda y una gorra de ferroviario ajustada la chacuña a su mentón, un bigotito delgado a lo Dalí causaba cierta risa. El Querido K'ala con su rubia cabellera con un gorro de lana y en la cabeza unos lentes enormes similares a los de aviadores de antaño. Yo iba abrigado de una chamarra, una gorra con visera y el Jefe, con otra mochila sobre una especie de abrigo corto con la melena suelta, apenas sujetada con una cinta, ja, ja... cuando entramos al hotelito para hospedarnos despertamos cierta desconfianza, pero el Horacio con esa labia suya no tardó en convencer a la asustada recepcionista.

Bien liempiecitos y después de haber planchado algunas pilchas,  ya de noche, bajamos unas callejuellas hasta tomar la Plaza, recorrimos algunas calles y bueno, a lo que fuimos, vimos un boliche muy concurrido y... ¡adentro!

-Hemos recorrido kilómetros para tomarnos un buen singani- dijo el Horacio.
-Qué bueno acá tenemos los mejores, tomen asiento- asintió el bolichero.

Yo esperaba que nos trajeran una botella, pero nos puso una jarra del cristalino y aromático singani, con otro recipiente de hielos, nos miramos todos y el bolichero dijo- ¿Todo bien?.

-Sí, sí- todos respondimos al unísono, acordamos en pedir unas "aguas" y cada salud era una verdadera delicia, cuando estábamos por la segunda jarra pedimos la cuenta, y el susto fue enorme, costaba aproximadamente el triple más de lo que suponíamos, a ese ritmo y conociendo el aguante de los paisanos seguro que nos íbamos a quedar sin nada de guita ja, ja, ja...

Entonces, hicimos migas con algunos parroquianos, entre ellos uno que hablaba en demasía, aseguraba que al día siguiente vendría a por nosotros y hacer un asado en su hacienda, cantamos un poco y con el que acabamos fue con el milico encargado del puesto militar, a la madrugada dejamos el hotelito para irnos al cuartelucho, allí el mandón hizo desocupar camas para nosotros ante la mirada rabiosa de los conscriptos. Por la tarde paseamos por los alrededores, en un puente cercano a una callecita me llamó la atención una horoya similar a la que había en Toroyoc que era muy concurrida.

Nuestro retorno al día siguiente sería por el camino de Impora, no sin antes curar la resaca con unas frescas tunas!! una tenue llovizna empezaba casi al mediodía y con ella las fallas en la CZ del K'ala, se mojaba la bujía y los apagones eran constantes parábamos a menudo a limpiar, un lodazal rojizo pegajoso a los zapatos, la ropa mojada, no podíamos siquiera prender un cigarrillo para atenuar el frío que nos daba en la cara, con todas esas dificultades llegamos a Las Carreras, nos pusimos a beber otros singanitos para secarnos la ropa mojada en una tienda que atendía una bella cinteña, todos queríamos ser amables con tan simpática morena, quisimos emprender el viaje pero la moto no daba ni atrás ni adelante, el sistema eléctrico hecho pomada, una de las llantas baja, decidimos esperar algún camión que estuviera haciendo nuestro trayecto, pero mientras tanto, seguíamos con los traguitos.

Aproximadamente a las ocho de la noche nos avisan que hay una movilidad... el chofer se negaba a llevarnos por lo evidente de nuestra borrachera, pero el Horacio como buen desatascador de conflictos a puro grito imperativo, hizo que ataran la moto atrás de la carrocería, pagamos por adelantado y arriba. Allí habían varias personas que llevaban fruta, el Jefe empezó a vociferar y querer hacerse de un buen sitio para los tres, poco a poco los murmullos iban atenuándose, hasta que de repente una voz femenina dijo- ¡Deje joven! una risa cómplice se escuchó hasta acabar en un - ¡Con esto tapate! ja, ja, ja... yo no dormí nada, desde esas cumbres al este de Mochará, se pueden apreciar las poblaciones de Villazón y La Quiaca en las estrelladas noches después de un día de lluvia copiosa.

A eso de las doce o más de la noche, llegamos a la orilla donde antes era el paso de nivel, bajamos la moto y empujandola nos adentramos en el querido barrio. Mientras tanto, los de la otro moto que se quedaron a la conquista de la hermosa cinteña, llegaron cuando ya amanecía, pasaron por mi puerta a todo motor y con el silbido característico, como diciéndome: ¡Ya estamos acá!!!!

Y aquí hemos quedado algunos, Karcancho vive en Buenos Aires, Horacio en Cochabamba, el Luque dijeron que por Yacuiba, Roberto y Gonzalo se nos adelantaron y circunstancialmente, radico en Madrid.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

Y tú, sin sombra ya, 
duerme y reposa,
larga paz a tus huesos.

Definitivamente, duerme un 
sueño tranquilo y verdadero. 
(Antonio Machado)

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