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10 de enero de 2015

La Fiesta de Reyes que pude ver...

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Aquel grito de mi madre - lo cual no era usual- me paró en seco, agarré mi pelota y fui a su encuentro, lo había hecho para pedirme que ayudara a la vecina a llevar los listones, tablas, calaminas y alambres con los que armarían su carpa en la orilla.

Recuerdo que cavábamos con un barreno la tierra que ya estaba demarcada con torpes lineas de yeso,  por funcionarios de la Alcaldía; el trabajo frenético, entre golpes de martillos, combos y clavos, gritos y silbidos poco a poco se apagaban antes de que se pusiera el sol, a esas horas estaban casi listas la mayoría de las carpas, no faltaban las otras, esas hechas de molles y sauces, parecían casuchas, hoy dirían "ecológicas", otras eran cubiertas con lonas, el inconveniente estaba si llovía, por eso el techo era lo más cuidadosamente trabajado, cubrirlo muy bien era la norma.

Por la noche, las poncheras avivaban los braseros, las ollas humeantes con el fuerte aroma a canela y leche, lámparas con vela, otras con mecheros y algunas que decían: "A camisa", como las más modernas, todas alumbraban aquel espacio a pocos metros del río.

Otras tantas carpas, eran armadas en el callejón hacia Remedios, con las mismas características, pero corrían mucho peligro, ya que hubo en años pasados, copiosas lluvias formando temerarios turbiones que arrasaron con todo a su paso. Mi madre callaba absorta al recordar aquellas desgracias.

Al día siguiente, desde tempranas horas la población acudía a la fiesta, primero cruzaban al frente, a lo de la virgencita, yo veía filas de feligreses pisando la famosas "saltanitas" que eran unas piedras sobresalientes que impedían mojarse los zapatos y a veces un tronco toscamente labrado para hacer de improvisado puente en el lugar más caudaloso y profundo del casi cristalino río. En la puerta del bello templo muchas velas para vender, un fuerte olor a incienso lo cubría todo y al poniente de ese frontis, un bullanguero y simpático loro imitaba silbidos y risas.

Al retornar, en plena esquina del callejón y el río, se pertrechaban los alfareros que llegaban desde Chagua,Talina y Santa Catalina, trayendo ollas, jarras, vasijas, wirkhís, cántaros, p'uitulus, tutumas y las sartas de ollas en miniatura para las niñas.

De la Argentina llegaban algunos gauchos que ofrecían hermosas mulas, tan fuertes y dóciles como los abundantes burros que colapsaban los pocos corrales circundantes, muchos enseres para caballos, monturas, bridas, riendas, estribos y una variedad de fuetes, lazos, chicotes, coyundas y taleros.

Para esa hora ya estaban en la orilla los pajpacos haciendo de las suyas con su consabida verborrea, dos o tres fotógrafos de antaño con su cajita oscura y una tela negra con la que se cubrían toda la cabeza para evitar los rayos del sol, de rato en rato mojaban el papel como si estuviesen lavando las imágenes logradas, muy cerca de ellos, un pintoresco señor de sombrero y chaleco, llamaba a probar la suerte, tenia unos vistosos pajaritos de color blanco, parecían más bien periquitos, muy bien amaestrados, que al solo golpe en la jaula, extraían con su pico un papelito envuelto en el que estaba escrito tu suerte. A mí me asustaba saber que la mía estaba aprisionada en esa jaula, por eso, mi mirada la dirigía al asustadizo monito que se hallaba sentado sobre dicha jaula, con su sombrero de charro y a veces con el sombrero alón, sujetado con una cadena dorada de la cintura al botón del chaleco del poseedor de las suertes.

Después del medio día, la caballada, como decía mi madre, era grandiosa, habían grupos de doce o quince jinetes, con sus mozas en ancas, cantando tonadas con sus agudas voces al son de las cajitas, en cada tropa, uno con su erke, mi madre decía "kuti", al parecer se trataba de un pequeño cornetín de ojalata, no sabría precisarlo; pasaban al galope el río unos de ida y otros de vuelta, solían darse sendos azotes, no sé si era una manera de divertirse o se trataba de alguna rivalidad, llegaban desde Oploca, del lado de San Miguel, de Almona, otros tantos de Chacopampa,Talina, Quiriza y otros menos de Mochará y Río Blanco. Tomaban la calle Tumusla, hasta la Plaza y retornaban por la Chorolque sacando chispas con los cascos y herraduras en las calles que por entonces solo eran empedradas.

El olor de las peritas que llegaban en "chipas" desde Totora, Cotagaita, Vichocla, Cazón, los quesos mochareños, los deliciosos tamales de las señoras Donaire, los picantes de doña Patricia Vedia y de doña Indalicia, los mentados singanis de doña Regina, las chichitas de doña Barbarita o de doña Adrianita Gonzales y por la tarde los pasteles inigualables de doña Carmen Villegas, de la señora Vargas, mamá del cura, las frutas secas de doña Nelly Mendoza... En fin una variopinta de manjares que mareaban el olfato, el gusto y la vista.

Y por las noches, los ponches eran los dueños y señores, las voces y guitarras de los cantores, pero también no dejaban de sonar una batería y un acordeón en alguna de las casas contiguas al río, mi mamá decía: "La orquesta", a mi me causaba mucha gracia su rotunda afirmación. Así eran aquellos años sesenta, luego la fiesta perdió su brillo a tal punto que apenas dos o tres jinetes paseaban, uno de ellos era el P'esko Oropeza en su brioso moro como guardián y acusador de nuestra dejadez galopaba las últimas fiestas que vi con alguna atención junto al testigo mayor de nuestra fiesta: El viejo Molle de nuestra "Lameda..."

¡¡¡Para todos los amigos de nuestra hermosa infancia!!!

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