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3 de septiembre de 2015

Septiembre rojo...


Por: Cristóbal Vargas Choque
(Madrid 2/9/2015)

Cómo una fatalidad casi puntual, le llegó su hora al flaco Manuel, no sé si tuvo algunos minutos para recordar aquel momento donde empezó su azorosa y desdichada vida de la que no quería hablar, o cuando nos acercábamos a ella en las tertulias, solía callar y con su acostumbrada manía pasaba de un tema a otro para no sentirse azorado por el pasado que le perseguía cada amanecer.
Quizá por eso halló consuelo o fácil refugio en la bebida, pues el alcohol era capaz de prolongarle sus fantasías, hacer ciertos sus embustes y disipar sus culpas que le corroían las entrañas.

Otrora el flaco Manuel fue un tipo estirado, de educadas formas y modales victorianos, era de esos que reniegan cuando se sorbe la sopa o no se tiene la destreza suficiente para utilizar los cubiertos, renegaba de la pobreza y la asociaba burdamente a podredumbre, según él: "bajeza humana"; cual un fanático arguediano echado a superior creía religiosamente que existía un orden divino en el que ya estaba predeterminado el lugar que ocuparían las personas de "bien", de los "otros", de la chusma, como le gustaba repetir, no era necesario siquiera mencionarlos, Ellos -decía rotundo- "Ahí, abajo".

Al parecer estos moldes encorsetados de su vida familiar le llevaron a transitar por caminos errantes, luego de su frustado ingreso a los estudios superiores, decidió forjarse el futuro como ayudante o empleado en las oficinas de tránsito del pueblo, donde los motorizados no pasaban de una treintena y las bicicletas más bien respondían al parecer a ordenanzas municipales, pero había una similitud, ambas reparticiones públicas uniformaban a sus esbirros del mismo color, azul oscuro.

Se las pasaba muy bien el flaco Manuel luciendo sus lustradas botas, los cinturones y correajes, uno de ellos le cruzaba el pecho plano diviendo en dos campos con sus respectivos bolsillos, en uno, un silbato colgaba del ojal y en el otro una fila de bolígrafos de varios colores, a manera de distinciones o condecoraciones formaba una linea horizontal perceptible desde lejos, iba y venía siempre en aquella motocicleta, al parece era una Gilera descomunalmente grande entre todas las de su época- De arriba abajo, de la oficina al "Gallo de Oro", de la Granja al Hospital era su itinerario, sin dejar de ir por lo menos una vez por el cementerio- allí suelen pasar siempre cosas insospechadas- a demostrar no sé a quien, sus lentes oscuros y batir al aire sus largas patillas.

Los posteriores años el enjuto Manuel habría pasado a formar parte de ese siniestro y selecto personal de soplones, tiras y etcetras de los organismos de represión en la sede de gobierno, de sus andanzas y calvarios, de sus días de arresto, de torturas, de alcohol, de prostitutas, del hampa marginal solía hablar recurrentemente, del barrio de Ch'ijini, de algunos antros donde afirmaba que los vasos de un boliche estaban sujetas a las mesas por cadenas, para evitar el robo, del "Averno", según él había que tenerlos bien puestos para pisar aquel tujurio, me gustaba dejarle perorar sus sandeces, de sus contactos, de sus jefes a los cuales irremediablemente acababa despellejándoles con su verborrea mezclada de adjetivos incomprensibles,- ¡esto es koba gil!!- afirmaba, mirandome con los ojos perdidos, la boca semiabierta que dejaba ver los deformados dientes ennegrecidos por el café, tabaco e infaltable alcohol que celosamente guardaba bajo su cama y en damajuanas. Varias revista de fotononovelas mexicanas esparcidas por todas partes, eran su liviana literatura, por eso decía que La bella Lucía Méndez era su chica, pero que ella no lo sabía, a semejante delirio, el "Siguro" con su habitual sorna le espetaba al respecto: "Flaco vos no pillas ni una burra atada" desatando la hilaridad de todos. Se jactaba de su apellido y había poco que decir al respecto era igual al del héroe que se encuentra con su caballo como el Tata Santiago de monumento; al abrir las puertas de su cuarto para dejarla aerear, penetraba más bien un fuerte olor a Orín de conejos, que criaba en unos cajones de madera en aquel estrecho patio.

Luego dejé el pago y cuando retorné a un tiempo, le pregunté al C'uchi Leoncio: -Qué es del Manuel-, este fue lapidario al contestarme: - "Ese carajo ya ha muerto, dicen que en medio de vómitos, estertores, gritos sórdidos y muchos ayes de dolor, finalmente terminó escupiendo hasta el último pedazo de su hígado, ¡también tánto que le metía los tragos!! no había ni una alma para socorrerle, al final dice que entraron sus vecinos y le vieron que estaba colgado de su cama junto a un bacín donde remojaban sus largas patillas,  ya van a ser dos años con este próximo Septiembre".

Esas prolongaciones de pelo y barba por delante de sus grandes orejas y el mes que mencionó el C'uchi, me permitieron creerme mis conjeturas y sospechas, que por mucho tiempo me rondaron la cabeza, puesto que en las incontables confesiones de borrachos que escuché, alguien aseguró haber visto a un hombre flaco y de largas patillas disparar un arma aquel fátidico 2 de Septiembre, desde la esquina del edificio prefectural a la muchedumbre donde precisamente encontraron la muerte David y Carlos. Como todas las alimañas huyeron y las posteriores autoridades no podían ser jueces y parte a la vez, fue difícil conocer la verdad, nunca se hizo una investigación al respecto hasta el día de hoy, un halo de miedo al principio y luego un nubarrón de olvido cómplice nos cubrió a la mayoría de la paisanada, hasta que, hace muy poco en el tiempo, voces valientes de jóvenes y no tan jóvenes reivindicaron para la memoria y dignidad colectiva aquel Septiembre luctoso.

En memoria y agradecimiento eterno a David Arequipa y Carlos Cruz.

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