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20 de julio de 2016

Noches oscuras...

Por: Cristóbal Vargas Choque 
(Madrid 16/07/2016 17:06)









Horacio, Gato Martínez,
Marcelo Quiroga Santa Cruz
y un docente de la U.M.S.S.
 en Cochabamba.
Nos aprestábamos para ir al trabajo y, los más, para asistir a clases en la universidad. Cómo todos los días a esa hora, el conventillo de la calle Lanza bullía en toda regla. De pronto, Pepe Lucho entró con la noticia de que se había producido un otro golpe de Estado.

Casi instintivamente, presurosos llegamos hasta el Comedor Universitario, lugar donde se reunía posiblemente la más clara expresión del universitariado de vanguardia de aquella época, esa que no cedía a dudas timoratas, tambaleos ideológicos o existenciales, pues su conformación estaba preñada de hijos de mineros, de campesinos y clases empobrecidas.

La gente empezó a reunirse con diferentes versiones, recomendaron que algunos dirigentes se pusieran a buen recaudo, porque en la sede de gobierno se estaría procediendo a apresar a dirigentes de la COB y algunos, lamentamos la muerte de dirigentes políticos y sindicales.

Allí, algunos compañeros trataron de organizar la resistencia, la consigna era: "Paralizar la ciudad". Salimos a la calle en marchas de repudio, armados sólo de valentía e indignación, con el pecho descubierto, ignorando completamente que se venía una represión cruel, despiadada y torpe, dirigida y ejecutada por sujetos tenebrosos, que más tarde, se supo que eran calificados delincuentes de toda laya, desde uniformados traumados hasta reaccionarios y resentidos civiles; soplones y ladronzuelos de poca monta; así como, asesores y mercenarios extranjeros, los que formaban el selecto lumpen del sanguinario golpe.

Desde luego, la asonada tenía la venia de otros sátrapas, esos de guante blanco, encorbatados políticos dizque demócratas y algunos medradores, que hoy viven amnésicos de aquella época en la que, muchos, perdimos a nuestros familiares o amigos entrañables.

Esa noche, acordamos acatar las resoluciones de la COB que emitía sus documentos desde la clandestinidad: La Huelga General. Pero, sabíamos que sectores como el transporte, el comercio y la empresa privada estarían en desacuerdo, por eso nuestros esfuerzos estaban centrados en fabricar "miguelitos", sellar los candados de los negocios con algún pegamento y hasta introducir palitos de fósforos en las cerraduras, acciones con las que sólo lográbamos momentáneos resultados artesanales.

A medida que pasaban las horas nos veíamos impotentes de frenar el Golpe que, entre sus medidas, decretó el tristemente célebre "Toque de Queda", manto oscuro bajo el cual se cometían los peores abusos, hasta ese entonces sólo  sospechados.

Aún recuerdo aquella ocasión en la que nos pararon muy cerca del conventillo y al verle a Pepe Lucho, con unas buenas zapatillas, aquellos uniformados le espetaron: "¡Ahh, conque con las silenciosas! ¿No..? ¡Cuanto calzas!! preguntó, "cuarenta y dos" -repuso el paisano- "Te has salvado, ya me estaban sonriendo",  dijo el otro, pero al ver su reloj y advirtiendo que no era la "Hora Tocada", nos asustaron con un "Perderse hasta contar tres..."  Doblamos la calle a la carrera y con el miedo en el pecho convertido en taquicardia, cerramos la puerta de calle que estaba casi en frente del "Ejercito de Salvación". ¿Qué ironía no?

Un día, quizás el tercero después del golpe, algunos amigos acordamos, de manera temeraria, destruir el puente del Pintumayu en la zona de Cala Cala, vía que era muy transitada a pesar de ser una zona alejada por entonces, con el fin de "paralizar la ciudad". Ese era nuestro empeño, porque el Golpe era reprochado por toda la comunidad internacional, creímos ingenuamente que la población se sumaría a resistir, pero el miedo pudo más y se apoderó de la ciudadanía.

Todos éramos "conocidos", nos dimos tareas y acordamos estar en el puente a las once de la noche a la espera de que todo estuviera en quietud a esas horas. Animado salí de mi habitación y me dirigí hacia el lugar, por entonces vivía, por decir de alguna manera, relativamente cerca de allí, en casa de mi hermana mayor.

Cuando se aproximaba la hora señalada, escuché de pronto, el sonido característico de un "Caimán del ejército", me puse a buen resguardo y apagué mi pucho, habrían unos cuarenta metros entre yo y el lugar donde frenó abruptamente el motorizado, bajaron vociferando sandeces y amenazas: "Busquen todo el lugar y pónganse a cubierto que ya llegarán esos rojos, hijos de p... Van a tragarse plomo, les vamos a dinamitar el c..." "Ya verán estos mineritos, los tenemos a todos, yo les voy a reventar los huevos a patadas", aseveraba el iracundo uniformado".

Ante esto, de pronto me sentí atrapado, se llenó de temor mi ser y sigilosamente me eché en el suelo que, en realidad, era un sembradío de habas que tendrían unos cuarenta centímetros de crecimiento. Allí me quedé inmóvil, apenas podía sentir los latidos del corazón y la respiración retenida; en esos momentos sólo pensé en mi supervivencia, la imagen de mi madre se vino conmigo, de mis familiares, de los amigos, pensé que en cualquier momento apresarían a algún amigo que no se percatase de la presencia de los militares.

Así, pasaron largos minutos en los que, para mi mala suerte, el terreno empezó a cubrirse de agua pues estaban regando el sembradío y aquel julio invernal me entumecía los huesos.

Aquella noche esos militares no encontraron a nadie, pero en mí se esclarecían muchas cosas... No todos habíamos sido consecuentes, supuse que alguien de entre nosotros era el soplón. Años más tarde indagué con algunos, pero nadie pudo explicar cómo supieron los golpistas de nuestra posible acción. La desconfianza hizo presa en todos...

Y, así, luego de aproximadamente dos horas de quietud horizontal y completamente embarrado, me levanté de aquel lugar y retorné a mi cuarto, allí cayeron mis impulsos junto con lágrimas de impotencia y soledad. Esa misma madrugada agarré algunos panfletos y escritos de declaraciones políticas, las puse en un bolso y los dejé en un pozo de construcción donde depositaban escombros, más no para sepultar mis ideas y utopías, sino por aquel paranoico temor de ser perseguido. Al siguiente día, compré un boleto en la flota y retorné a mi amada tierra.

Mientras pasaban las horas de viaje bullían en la cabeza mis fantasmas, mis dudas y en cualquier lugar o población teníamos que soportar el trato de los uniformados que nos exigían documentación, la cual presentábamos con el temor a ser bajados del bus.

Ya en en mi tierra natal me sentí más seguro, dejé de hablar de esto y demás cosas, viendo con bronca y con no poca repugnancia el accionar de algunos salvadores de la Patria.

Desde aquellos aciagos días, se llora la desaparición de Marcelo Quiroga Santa Cruz, el líder socialista y, como si el azar deseara cruzarse con puntualidad, también en un 17 de Julio perdí a mi adorada madre. Ciertamente, fueron similares ¡noches muy oscuras!

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